martes, 3 de febrero de 2026

MAGA

El primer idioma en Estados Unidos es el inglés; el segundo son las siglas y los acrónimos. Hay casi tantos como palabras en el diccionario: BTW, AKA, FYI, DIY, ETA, ASAP… Uno de ellos (uno de reciente creación) es MAGA: Make America Great Again (Hacer América Grande Otra vez).

Este acrónimo fue lanzado como lema de campaña en 2016 y desde entonces ha demostrado una fuerza tremenda, parte de lo cual se debe al hecho de podérsele pronunciar como una sola palabra: "mága", no como las siglas propiamente, que no contienen vocales y entonces hay que deletrear; incluso ASAP (que sí tiene vocales) no se pronuncia "asáp", como decimos algunos latinos: los americanos la deletrean (en inglés, naturalmente) como "ei-es-ei-pi". 

MAGA se dice mága, funciona como el nombre de una cosa, o más bien, de varias cosas. Como lema, transmite un mensaje conciso y cautivador: la prosperidad suprema de la nación; también da nombre a un movimiento de votantes leales a ese mensaje. Como ideología (que también es), concentra un sentimiento ultra-nacionalista y excluyente que clama por políticas de choque orientadas a producir cambios de fondo.

Así que MAGA es el lema de un movimiento que comparte y promueve una ideología ultra-nacionalista y excluyente. 

Hasta aquí los elogios. Ahora veamos el lado oscuro.

Para empezar, el again de MAGA alude a un tiempo indeterminado. ¿Cuándo fuimos grandes? ¿Cuándo dejamos de serlo? ¿Hacia dónde pretendemos ir (o regresar)? 

Busquemos en las cifras.

Si se observa el crecimiento del producto interno bruto de los Estados Unidos desde principios del siglo XX hasta la fecha, se observa un crecimiento estable, excepto en momentos de grandes crisis como la gran depresión en los años 30s y el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008. No se ve un problema sistémico que urja remediar. 

Comparando los volúmenes de exportación, se observa un aumento creciente y sostenido. En el momento en que surge MAGA, las exportaciones estaban, más bien, en un momento de apogeo, contrario a lo que el mismo lema sugiere.

Patrones similares se observan en otras variables, como el gasto militar y la inversión en desarrollo tecnológico. Entonces ¿dónde está la grandeza perdida? ¿Dónde está el again de MAGA? Está —es mi respuesta— en la realidad paralela que MAGA ha construido para vender su ideología ultra-nacionalista y excluyente. 

MAGA es una falacia, una Gran Mentira.

Quizás sea muy tarde para saberlo, porque MAGA ha calado muy hondo en la sociedad americana. No ha bastado el caos que se ha generado en tan solo un año, la incertidumbre, los atropellos, los crímenes; no ha bastado todo eso para recuperarse del efecto hipnótico inicial que MAGA produjo en la sociedad. 

MAGA es ya una ideología, y una muy peligrosa, mucho más de lo que muchos americanos alcanzan a vislumbrar a estas horas tempranas del experimento trumpista. Tempranas, porque esto es solo el comienzo: el Trumpismo está resuelto a establecerse a como dé lugar y convertir el gran país de las libertades en un estado totalitario de corte post-fascista.


domingo, 1 de febrero de 2026

El Pragmático Circunspecto


Cuando leo un texto en redes sociales, no puedo evitar imaginarme al autor del otro lado de Internet. Dependiendo del tono, el texto me sugiere un jovencito o jovencita alzando pancartas con las consignas de moda, o un cuarentón/cuarentona de espejuelos de pasta atando cabos en Google para armar su artículo, o un duende burlón muerto de risa improvisando un chiste breve y contundente. O una persona preocupada seriamente por su entorno decidido a decir algo que valga la pena; a este me lo imagino serio y reflexivo, llevándose la pluma a la boca de vez en cuando mientras cocina el qué decir y el cómo decirlo.

    Y entre todos ellos distingo al Pragmático Circunspecto. Este señor es un tipo sereno y muy seguro de sí mismo. Lee a los demás mirándolos por encima del hombro. Inmaduros —dice para sí—, se dejan cegar por la pasión, no captan la parte objetiva del asunto, esas “verdades incómodas” (le encanta esa palabrita).

    El Pragmático Circunspecto tiene una máxima: el fin justifica los medios; y no es una repetición mecánica de la conocida frase hecha, sino un principio central en su pensamiento; los medios pueden ser incómodos (¡de nuevo la palabrita!), los daños, si los hay, son colaterales. Lo importante es el resultado; a fin de cuentas, es lo único visible a escala histórica… al menos para él.  Porque El Pragmático Circunspecto desdeña la moral; carece de toda ética, pero le sobran recursos lingüísticos para armar su frío y desalmado discurso.

    El Pragmático Circunspecto ocupa un lugar particular en la defensa del Trumpismo. Su mensaje no está dirigido a la chusma entusiasta que repite consignas MAGA, sino a gente que aún tiene paciencia para leer y digerir textos relativamente largos (como suelen ser los suyos), gente con capacidad para tragarse las cosas con parsimonia, no de un bocado.   

    El Pragmático Circunspecto es el encargado de vender el Pragmatismo Trumpista, un pragmatismo justificativo de todo desmán y de todo crimen, un pragmatismo carente de moral y de humanismo. Lo que no dice el Pragmático Circunspecto es que ese pragmatismo es el disfraz de una ideología pro-fascista a la cual está contribuyendo, tal vez sin saberlo.

 

miércoles, 28 de enero de 2026

¿Qué hay de malo en ser nacionalista?

 Si por nación se entiende el conjunto de rasgos históricos y culturales que unen a su gente dentro de un territorio y, por nacionalismo, el apego afectivo de la gente a esa nación, entonces no hay nada de malo. Si la nación puede convivir con otras naciones, si la competencia entre naciones no se torna hostil, entonces no hay nada de malo en ser nacionalista.

Lo malo es cuando la nación empieza a confundirse con el Estado, cuando el Estado prevalece por encima de la nación y se propone transformarla en algo diferente a lo que por esencia es, algo por voluntad del Estado, no por el consenso de la nación.

Es entonces que hablamos de ultra-nacionalismo, porque el Estado necesita consenso, y se aparece entonces con la Gran Mentira de la Patria prima.

Bombardeadas con slogans, promesas, ideologías puntiagudas y realidades paralelas, las masas confunden el genuino sentimiento nacionalista con el pérfido intento ultra-nacionalista, produciendo el consenso que el Estado necesita para legitimarse. Y en nombre de “la nación” (ahora, Estado), cualquier violación de los valores originales resulta natural y aceptable; los valores han cambiado: la Patria es lo primero.

El ultra-nacionalismo conduce por línea natural al fascismo, si se le deja prosperar lo suficiente.

viernes, 23 de enero de 2026

Davos: Declaración de Imperialismo

Lo que vi en Davos (cada cual vio lo que quiso ver) no fue la Declaración de Independencia de 1776, sino la Declaración de Imperialismo de 2026. Porque imperialismo ya no es un término acusatorio; más bien, un halago: yo, imperialista, sí, imperialista ¿y qué? ¡Imperialista por mis balas!
 
Claro que no se dice imperialismo, se dice geopolítica, que no es lo mismo pero es igual, una verdad "incómoda", esa palabrita que ahora está tan de moda. Cuando algo resulta moralmente inaceptable, se dice que es incómodo, relegando la molestia al minúsculo papel de reacción emocional superflua. Incómodo (según la nueva definición) es algo que hay que aceptar aunque moleste (aunque sea inmoral), simplemente porque no hay de otra.
 
En Davos también vi declaraciones de sometimiento, disimuladas con tintes de dignidad, como para no quedar mal. No vi a nadie enfrentarse al gigante con la energía requerida, y no los culpo: como diría un borg en el otro extremo de la galaxia: "Resistance is futil".
 
Entiendo ahora a qué se refiere Trump con su grito de guerra "Make America Great Again", a qué alude el again, a cual época de gloria se remonta. Algunos pensaron en los años 50s, otros en los 30s. Pues no, el again se remonta al siglo XIX, cuando Estados Unidos emergía como potencia imperialista y lo hacía sin tapujos; las guerras que conquistaron Mexico, compraron California y ganaron Cuba y Filipinas como zonas de influencia.
 
Ya no hay que mentir ni pretextar, ya se puede imperar a calzón quitado, sin máscaras. La Declaración de Imperialismo es ahora oficial.

lunes, 12 de enero de 2026

El Gran Plan


El primer paso es crear un vector ideológico. Es como inocular un virus; algunos se contaminan, otros no; la sociedad se divide en dos bandos: enfermos y sanos. Pero no es un virus cualquiera: es uno que atrofia la empatía al punto de que sanos y enfermos se perciben como enemigos. No hay diálogo, ni siquiera la posibilidad de seguir contaminando; pero ya no es necesario, el objetivo se ha cumplido: la sociedad se ha dividido en exactamente dos bandos: "nosotros" y "ellos".

Luego viene el mito. Fácil, porque solo hay que embelesar a la mitad del público. El mito nos habla de un pasado de gloria perdida que urge recuperar. También, de enemigos, tanto externos como internos; sobre todo, internos. Si no basta con los “ellos", se arremete contra minorías vulnerables. Y si no hay suficientes externos, se enemistiza a los aliados tradicionales. Es preciso tener enemigos, porque solo en una nación amenazada se justifica la autoridad de un líder excepcionalmente fuerte.

Entonces viene la represión. Son tiempos excepcionales, no de burocracia; hay que actuar con determinación, eficacia y autoridad. La policía no basta, se necesita una fuerza paramilitar. Al enemigo hay que aplastarlo, ya sea las minorías vulnerables, la intelectualidad diletante, la prensa embustera, los legisladores y jueces traidores, o la mitad de la sociedad misma: los "ellos".

Para alcanzar el objetivo final, aún falta un elemento clave: el ejército. No para entrar en guerra con nadie, recuérdese que es solo un mito. El ejército, ahora leal no a la nación, no a la Constitución, no a la ley, sino al líder, es el garante efectivo del poder.

Finalmente, la institucionalización. El objetivo final es concentrar todo el poder en el líder y su círculo allegado, y asegurar que el nuevo statu quo sea perdurable. Solo que las democracias liberales modernas están diseñadas para impedir justamente eso, así que habrá que forzarlo, llevar al país a un estado de catarsis: un golpe de Estado, una guerra civil, incluso una guerra con un enemigo externo real, si fuera preciso.

No siempre es necesario romper las instituciones democráticas, basta con debilitarlas lo suficiente. No hay que cambiar la Constitución. Ni siquiera es necesario que el líder gobierne eternamente: puede seguir haciéndolo en la sombra, visible al público como el prócer inspirador y arquitecto de la nueva nación.

Este plan es real, y ha demostrado su efectividad a lo largo de la historia, desde el comunismo hasta el fascismo, e incluso en países democráticos que han optado por la extrema izquierda o la extrema derecha. Es también el plan de Donald Trump y su círculo de oligarcas en los Estados Unidos de América.