miércoles, 28 de enero de 2026

¿Qué hay de malo en ser nacionalista?

 Si por nación se entiende el conjunto de rasgos históricos y culturales que unen a su gente dentro de un territorio y, por nacionalismo, el apego afectivo de la gente a esa nación, entonces no hay nada de malo. Si la nación puede convivir con otras naciones, si la competencia entre naciones no se torna hostil, entonces no hay nada de malo en ser nacionalista.

Lo malo es cuando la nación empieza a confundirse con el Estado, cuando el Estado prevalece por encima de la nación y se propone transformarla en algo diferente a lo que por esencia es, algo por voluntad del Estado, no por el consenso de la nación.

Es entonces que hablamos de ultra-nacionalismo, porque el Estado necesita consenso, y se aparece entonces con la Gran Mentira de la Patria prima.

Bombardeadas con slogans, promesas, ideologías puntiagudas y realidades paralelas, las masas confunden el genuino sentimiento nacionalista con el pérfido intento ultra-nacionalista, produciendo el consenso que el Estado necesita para legitimarse. Y en nombre de “la nación” (ahora, Estado), cualquier violación de los valores originales resulta natural y aceptable; los valores han cambiado: la Patria es lo primero.

El ultra-nacionalismo conduce por línea natural al fascismo, si se le deja prosperar lo suficiente.

viernes, 23 de enero de 2026

Davos: Declaración de Imperialismo

Lo que vi en Davos (cada cual vio lo que quiso ver) no fue la Declaración de Independencia de 1776, sino la Declaración de Imperialismo de 2026. Porque imperialismo ya no es un término acusatorio; más bien, un halago: yo, imperialista, sí, imperialista ¿y qué? ¡Imperialista por mis balas!
 
Claro que no se dice imperialismo, se dice geopolítica, que no es lo mismo pero es igual, una verdad "incómoda", esa palabrita que ahora está tan de moda. Cuando algo resulta moralmente inaceptable, se dice que es incómodo, relegando la molestia al minúsculo papel de reacción emocional superflua. Incómodo (según la nueva definición) es algo que hay que aceptar aunque moleste (aunque sea inmoral), simplemente porque no hay de otra.
 
En Davos también vi declaraciones de sometimiento, disimuladas con tintes de dignidad, como para no quedar mal. No vi a nadie enfrentarse al gigante con la energía requerida, y no los culpo: como diría un borg en el otro extremo de la galaxia: "Resistance is futil".
 
Entiendo ahora a qué se refiere Trump con su grito de guerra "Make America Great Again", a qué alude el again, a cual época de gloria se remonta. Algunos pensaron en los años 50s, otros en los 30s. Pues no, el again se remonta al siglo XIX, cuando Estados Unidos emergía como potencia imperialista y lo hacía sin tapujos; las guerras que conquistaron Mexico, compraron California y ganaron Cuba y Filipinas como zonas de influencia.
 
Ya no hay que mentir ni pretextar, ya se puede imperar a calzón quitado, sin máscaras. La Declaración de Imperialismo es ahora oficial.

lunes, 12 de enero de 2026

El Gran Plan


El primer paso es crear un vector ideológico. Es como inocular un virus; algunos se contaminan, otros no; la sociedad se divide en dos bandos: enfermos y sanos. Pero no es un virus cualquiera: es uno que atrofia la empatía al punto de que sanos y enfermos se perciben como enemigos. No hay diálogo, ni siquiera la posibilidad de seguir contaminando; pero ya no es necesario, el objetivo se ha cumplido: la sociedad se ha dividido en exactamente dos bandos: "nosotros" y "ellos".

Luego viene el mito. Fácil, porque solo hay que embelesar a la mitad del público. El mito nos habla de un pasado de gloria perdida que urge recuperar. También, de enemigos, tanto externos como internos; sobre todo, internos. Si no basta con los “ellos", se arremete contra minorías vulnerables. Y si no hay suficientes externos, se enemistiza a los aliados tradicionales. Es preciso tener enemigos, porque solo en una nación amenazada se justifica la autoridad de un líder excepcionalmente fuerte.

Entonces viene la represión. Son tiempos excepcionales, no de burocracia; hay que actuar con determinación, eficacia y autoridad. La policía no basta, se necesita una fuerza paramilitar. Al enemigo hay que aplastarlo, ya sea las minorías vulnerables, la intelectualidad diletante, la prensa embustera, los legisladores y jueces traidores, o la mitad de la sociedad misma: los "ellos".

Para alcanzar el objetivo final, aún falta un elemento clave: el ejército. No para entrar en guerra con nadie, recuérdese que es solo un mito. El ejército, ahora leal no a la nación, no a la Constitución, no a la ley, sino al líder, es el garante efectivo del poder.

Finalmente, la institucionalización. El objetivo final es concentrar todo el poder en el líder y su círculo allegado, y asegurar que el nuevo statu quo sea perdurable. Solo que las democracias liberales modernas están diseñadas para impedir justamente eso, así que habrá que forzarlo, llevar al país a un estado de catarsis: un golpe de Estado, una guerra civil, incluso una guerra con un enemigo externo real, si fuera preciso.

No siempre es necesario romper las instituciones democráticas, basta con debilitarlas lo suficiente. No hay que cambiar la Constitución. Ni siquiera es necesario que el líder gobierne eternamente: puede seguir haciéndolo en la sombra, visible al público como el prócer inspirador y arquitecto de la nueva nación.

Este plan es real, y ha demostrado su efectividad a lo largo de la historia, desde el comunismo hasta el fascismo, e incluso en países democráticos que han optado por la extrema izquierda o la extrema derecha. Es también el plan de Donald Trump y su círculo de oligarcas en los Estados Unidos de América.