El primer paso es crear un vector ideológico. Es como inocular un virus; algunos se contaminan, otros no; la sociedad se divide en dos bandos: enfermos y sanos. Pero no es un virus cualquiera: es uno que atrofia la empatía al punto de que sanos y enfermos se perciben como enemigos. No hay diálogo, ni siquiera la posibilidad de seguir contaminando; pero ya no es necesario, el objetivo se ha cumplido: la sociedad se ha dividido en exactamente dos bandos: "nosotros" y "ellos".
Luego viene el mito. Fácil, porque solo hay que embelesar a la mitad del público. El mito nos habla de un pasado de gloria perdida que urge recuperar. También, de enemigos, tanto externos como internos; sobre todo, internos. Si no basta con los “ellos", se arremete contra minorías vulnerables. Y si no hay suficientes externos, se enemistiza a los aliados tradicionales. Es preciso tener enemigos, porque solo en una nación amenazada se justifica la autoridad de un líder excepcionalmente fuerte.
Entonces viene la represión. Son tiempos excepcionales, no de burocracia; hay que actuar con determinación, eficacia y autoridad. La policía no basta, se necesita una fuerza paramilitar. Al enemigo hay que aplastarlo, ya sea las minorías vulnerables, la intelectualidad diletante, la prensa embustera, los legisladores y jueces traidores, o la mitad de la sociedad misma: los "ellos".
Para alcanzar el objetivo final, aún falta un elemento clave: el ejército. No para entrar en guerra con nadie, recuérdese que es solo un mito. El ejército, ahora leal no a la nación, no a la Constitución, no a la ley, sino al líder, es el garante efectivo del poder.
Finalmente, la institucionalización. El objetivo final es concentrar todo el poder en el líder y su círculo allegado, y asegurar que el nuevo statu quo sea perdurable. Solo que las democracias liberales modernas están diseñadas para impedir justamente eso, así que habrá que forzarlo, llevar al país a un estado de catarsis: un golpe de Estado, una guerra civil, incluso una guerra con un enemigo externo real, si fuera preciso.
No siempre es necesario romper las instituciones democráticas, basta con debilitarlas lo suficiente. No hay que cambiar la Constitución. Ni siquiera es necesario que el líder gobierne eternamente: puede seguir haciéndolo en la sombra, visible al público como el prócer inspirador y arquitecto de la nueva nación.
Este plan es real, y ha demostrado su efectividad a lo largo de la historia, desde el comunismo hasta el fascismo, e incluso en países democráticos que han optado por la extrema izquierda o la extrema derecha. Es también el plan de Donald Trump y su círculo de oligarcas en los Estados Unidos de América.