Si por nación se entiende el conjunto de rasgos históricos y culturales
que unen a su gente dentro de un territorio y, por nacionalismo, el
apego afectivo de la gente a esa nación, entonces no hay nada de malo.
Si la nación puede convivir con otras naciones, si la competencia entre
naciones no se torna hostil, entonces no hay nada de malo en ser
nacionalista.
Lo malo es cuando la nación empieza a confundirse con el Estado,
cuando el Estado prevalece por encima de la nación y se propone
transformarla en algo diferente a lo que por esencia es, algo por
voluntad del Estado, no por el consenso de la nación.
Es entonces que hablamos de ultra-nacionalismo, porque el Estado
necesita consenso, y se aparece entonces con la Gran Mentira de la Patria
prima.
Bombardeadas con slogans, promesas, ideologías puntiagudas y
realidades paralelas, las masas confunden el genuino sentimiento
nacionalista con el pérfido intento ultra-nacionalista, produciendo el
consenso que el Estado necesita para legitimarse. Y en nombre de “la
nación” (ahora, Estado), cualquier violación de los valores originales
resulta natural y aceptable; los valores han cambiado: la Patria es lo
primero.
El ultra-nacionalismo conduce por línea natural al fascismo, si se le deja prosperar lo suficiente.