viernes, 20 de febrero de 2026

El hombre común de nuestro tiempo

 

Lo que llama la atención en el hombre común de nuestros días no es su falta de ilustración, ya que siempre ha sido así; la ilustración es el privilegio de unos pocos: aquellos que se han esforzado por obtenerla y retenerla. Lo que llama la atención es otra cosa: la convicción fehaciente en que sí la tiene, y este espejismo se debe a la abundancia abrumadora de información que caracteriza nuestro tiempo.

    Pero información no es cultura. El hombre común puede sentir curiosidad por saber cuándo nació Miguel de Cervantes y Saavedra y le bastará un par de clics en su teléfono para obtener la respuesta correcta. Pero eso es solo información, dato; pasado un par de días, lo olvidará y tendrá que preguntar de nuevo. El hombre culto seguramente no se interesa por saber cuándo nació Cervantes; más bien sentirá urgencia por leerse el Quijote y tal vez lo haga más de una vez. Cervantes no será para él un dato, ni siquiera un personaje histórico, sino alguien con quien ha establecido una relación cognitiva y emocional muy íntima. Por el resto de su vida, podrá recitar frases grandiosas del libro (más allá de “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…”) y conectarlas con anécdotas personales. Igualmente podrá conectar eventos políticos y sociales con su conocimiento sólido (conocimiento propiamente, no mera información) sobre filosofía e historia.

    Es fácil modelar una línea de pensamiento en ChatGPT, reforzada con datos precisos y el parecer promedio de muchos pensadores a lo largo de la historia. Es fácil armar un artículo movido por la curiosidad, pero autorado, en realidad, por una máquina. Esto no es ilustración, sigue siendo dato, pero el hombre común de nuestro tiempo satisface su apetito cognitivo con ello, creyéndose sabio y proyectándose como tal.

    Debo aclarar —para no parecer vanidoso— que me incluyo en ese vasto grupo de hombre comunes de nuestro tiempo, hombres-masa. La única diferencia es, en todo caso, que he tenido las agallas de reconocerlo.