Hace muchos años, tuve un jefe a quien todos queríamos. Lo admirábamos por sus habilidades técnicas y su sabiduría, y lo apreciábamos por sus valores morales y su amistad. Con él aprendí a distinguir entre un jefe y un líder; este último es quien logra establecer con sus subordinados una relación de sincera lealtad.
Algo similar sucede en geopolítica. En el mundo, se puede mandar por la fuerza, como frecuentemente se hace, pero la manera efectiva y perdurable de mandar (ejercer influencia) es aquella que se sustenta en la confianza.
Así, el predominio de Estados Unidos en el “viejo mundo” (ya podemos irlo llamando así…) no se sustentaba tanto en su capacidad nuclear y sus bases militares por todo el globo, como en la confianza de sus aliados: confianza en el dólar como moneda de cambio, confianza en la estabilidad de los mercados, confianza en políticas y alianzas estables, y también confianza en la estabilidad de su propia política interna.
Esa confianza se ha desmoronado de la noche a la mañana. Ahora las naciones amagan con moverse a China, justamente porque esta les vende confianza. Si aún mantienen lazos con el viejo jefe, es porque de momento no pueden hacer otra cosa, pero no son lazos de lealtad sino de sometimiento, y esos no duran toda la vida.
El Trumpismo está aislando a Estados Unidos y, contrario a lo que pudiera inferirse de los éxitos militares e imposiciones comerciales, esto no garantiza un mando real, es decir, un liderazgo: ese que se sustenta en la lealtad y la confianza.
Sin embargo, y esto es lo peor, no se trata de un error de cálculo sino, todo lo contario, ese es su principal objetivo. El Trumpismo no quiere al mundo de rodillas: lo quiere demolido, y lo mismo persigue dentro de su propio país.
El Trumpismo, como Nerón, quiere incendiar esta Roma para construir sobre sus ruinas un nuevo orden mundial, hecho a su medida.