Eres muy joven --- Capitulo 7

 

 

Julián tenía ganas de escribir una canción, ese tipo de urgencia que asalta a los creadores en el momento menos esperado. La melodía, que venia rondádole la cabeza desde hacía días, sugería algo lírico, evocativo, pero no sabía exactamente qué.

    Eran ya cerca de las ocho de la noche. Su padre veía el noticiero en la sala mientras la madre preparaba la cena en la cocina. Julián estaba en su cuarto, guitarra en mano, frente a una hoja de papel pautado y un cuaderno de notas donde atesoraba las letras de sus canciones.

    Comenzó a ejecutar la secuencia de acordes mientras tarareaba la melodía en alta voz. Luego se enfiló al cuaderno y comenzó a escribir lo primero que le vino a la mente:

 

        Canta el pájaro asustado

        temeroso de la noche

 

    A decir verdad —pensó—, un pájaro asustado no canta… más bien, chilla  Chilla el pájaro asustando… ¡No! ¡Espantoso! Esto no sale, no estoy inspirado.

    No era la primera vez que se sentía bloqueado; la solución siempre consistía en llamar a Isabela quien a veces le aportaba una idea concreta y otras, simplemente inspiración. Sin perder más tiempo, le envió un mensaje de texto a su teléfono: «Isa, estoy bloqueado. A ver si puedes ayudarme. Llámame».

    Mientras esperaba la respuesta, trató de enmendar el texto recién escrito:

 

       Vuela el pájaro asustado

       temeroso de la noche

        y en su vuelo hay un reproche,

        un quejido inusitado.

 

   No, esto no va a ninguna parte…

   Isabela recibió el mensaje pero no se apuró en responderlo; estaba muy entusiasmada leyendo el libro de Arthur C. Clerk que Arturo le había prestado. Leía rápidamente; cada capítulo le parecía fascinante y no podía resistir la tentación de enviarle un comentario a Arturo mediante un texto a su teléfono. Arturo estaba finalizando su cena en casa cuando recibió el primero de esos mensajes. Su teléfono cantó el ya familiar glissando que ahora hacía latir su corazón más de prisa.

    «Nunca hubiera imaginado que era una grabación neural. ¡Qué cool!».

    Arturo echó el tenedor a un lado y respondió enseguida: «El libro está lleno de sorpresas, ya verás. Deja que llegues al maratón en la Luna».

    Tomó nuevamente el tenedor con el cual acopió varias hojas de ensalada, pinchándolas varias veces, llevó el botín a su boca y comenzó a masticarlo con parsimonia, hasta que el teléfono volvió a sonar. Nuevamente el estómago le dio un salto y no precisamente a causa de la comida.

     «¿Un maratón en la Luna?».

     Terminó de masticar antes de responder: «Recuerda que Arthur Clerk era un científico. Lo bueno de ese capítulo es la precisión con que describe todos los detalles, desde la gravitación hasta la temperatura en la Luna. Por eso lo llaman Ciencia Ficción, y en eso Arthur Clerk es el maestro».

    Tuvo que corregir varios errores tipográficos, una y otra vez, antes de enviar tan extenso mensaje. Escribir con dos dedos en el diminuto teclado virtual del teléfono le resultaba particularmente incómodo. Isabela demoró menos en leerlo que él en escribirlo, y la respuesta no se hizo esperar:

     «¿Crees que debo saltarme hasta ese capítulo? ¡Estoy ansiosa por leerlo!».

     Los mensajes se sucedían con demasiada frecuencia como para alternarlos con la comida. Arturo, amante de la tranquilidad como era, prefería hacer una sola cosa a la vez. Apartó pues su plato para concentrarse en la charla. ¿Acaso no estoy muy viejo para estas cosas? —pensó.

    «No debes saltarte la lectura. Es mejor que lo leas en secuencia, como está escrito. Si no, te vas a perder».

    «Pero es que la Luna es tan romántica, Arturo… me hace ilusión».

    «No es una Luna romántica sino absolutamente científica. Déjate llevar por la lectura y no adelantes expectativas».

    «Bueno, te haré caso… gracias por este libro maravilloso. ¿Qué haces?».

    «Trato de cenar…».

    «Disculpa, no sabía. Es que me pareció de pronto que leíamos juntos. No te preocupes, sigo leyendo sola. Te mando un beso grande… como el de Panera. Te quiero».

    Si algo no esperaba escuchar (o leer) en aquel momento era un te quiero de Isabela. Como siempre, la chiquilla lo había sorprendido; acaso no estaba en edad de entregarse a ese tipo de amoríos.

 

       Vuela el pájaro asustado

        temeroso de la noche

        y en su vuelo hay un reproche,

        un quejido inusitado,

        al Sol que ya se ha posado

        más allá del horizonte

        dejando al pobre sinsonte…

     ¡Qué cosa tan horrible! —se quejó Julián de su propia creación. Y viendo que Isabela no respondía, se decidió a llamarla. Cuatro timbrazos y la llamada fue a parar al contestador automático. ¿Por qué? Julián comenzaba a sentirse incómodo y confundido. Recordó aquella otra vez en que Isabela se comportó huraña con él, cuando se empató con aquel dandi engreído de la escuela que consiguió llevársela a la cama y luego la abandonó como a un zapato usado. Eso fue hace años y, gracias a Dios, nunca más volvió a ocurrir.

   Esperó unos pocos minutos y volvió a llamar; fue solo al tercer timbraso que Isabela se dignó responder, con un tono seco, como el de alguien que se siente importunado:

     —Dime, Julián.

    —Hola, Isabela. A ver si puedes ayudarme. Estoy escribiendo una canción y…

    —Julián, estoy ocupada ahora, hablamos mañana.

    —¿Te sientes bien, Isabela?

    —Sí, Julián, estoy bien —la joven moderó su tono—, pero estoy leyendo y la verdad es que estoy muy metida en la lectura. Mañana te llamo y te ayudo con tu canción ¿vale? Un besito, chao.

    No dejaba de ser una despedida abrupta, pero esta vez lo había dicho con el mismo cariño de siempre, justo lo que Julián necesitaba para terminar su canción.

 

        Vuela el pájaro asustado
        refugiándose en el viento;
        cada batir, un momento
        de terror inusitado.

        Vuela así, desesperado,
        sin saber con precisión
        la causa de su evasión,
        y al despuntar la mañana,
        se detiene en mi ventana…
        y me canta una canción.